domingo, 25 de enero de 2015

Las horas y los días

    Esta semana me he llevado una sorpresa agradable: saliendo un día de trabajar, eran algo más de las cinco y todavía pude volver caminando a casa aprovechando la luz del día. Les parece poca cosa? a mí me parece lo mejor que me ha ocurrido desde que el invierno hincó sus dientes en mi vida, hace dos o tres meses. También les podrá parecer a ustedes que salgo demasiado pronto de trabajar, y para mi descargo diré que muchos días pasa de las cinco y las seis, pero raramente de las siete, porque este país en el que vivo y trabajo desde hace algo más de veinte años, es pequeño, tiene un clima infame y está demasiado al norte como para que me falte de luz muchos meses del año pero, ay! es un país civilizado, por encima de todo. Y en los países civilizados, la gente vuelve a casa antes de la cena a una hora en la que aún les queda tiempo para charlar con sus hijos, comer algo mejor que una pizza descongelada y no tiene que quitarse horas de sueño para poder ver una película.

   Ya ven por dónde voy? Pues por esa cosa que aborrezco aún más que el invierno, y es ese empeño tan nuestro en que  "Spain is different" llevado a la vida laboral, donde uno se levanta pronto como en el resto de Europa, pero come a las tres de la tarde, cena a las diez (cuando termina el Telediario) tiene tiendas abiertas hasta las nueve de la noche, las empresas cierran a mediodía dos horas y el "Masterchef" para niños, en la mitad de la semana, se acaba a la una de la madrugada. Ya hasta los Reyes llevan unas pulseras amarillas de caucho que les han regalado los de la Asociación por la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE) que son  gente muy perseverante que llevan años y años diciendo todas estas cosas y pidiendo que los horarios colegiales, comerciales, laborales y administrativos sean más razonables para todos, y parece que sólo ahora les están haciendo un poco de caso. Visiten su página web (www.horariosespana.es) y verán que no dicen bobadas; eso sí, no se detengan mucho en la parte "personalidades que han firmado nuestro manifiesto", pues yo sí lo he he hecho y lo he dejado en la "F" después de ver Botella, Botín, Cospedal y Ferrusola entre otros varios sujetos a quienes me da que los horarios de la clase trabajadora les importan poco.Yo ya he firmado el manifiesto, si tienen valor para llegar hasta la "T" de Torres, allí me encontrarán, y les propongo a ustedes que hagan lo mismo.

    Y si quieren una explicación histórica para tanto despropósito, hasta se la doy: fue la administración franquista de la posguerra la que nos colocó en el mismo  huso horario que la alemania Nazi (nuestros aliados, para los desmemoriados)  cuando el meridiano de Greenwich pasa por por los Monegros (provincia de Zaragoza) y la que decidió que la vida se tenía que paralizar dos horas por lo menos a mediodía, para que las pocas mujeres trabajadoras (muchas de ellas en el comercio) pudieran volver a casa a preparar sus pucheros. Ya de paso se dictaron unos horarios comerciales que prolongaban la jornada hasta más allá de las ocho para que las clases económicamente a salvo, que generalmente terminaban antes (empleados públicos, de la banca o profesiones liberales) pudieran comprar todas las cosas que no podíamos exportar porque, les recuerdo, el mundo civilizado nos sometió durante varios años a un duro embargo económico del que nos tuvo que sacar el amigo americano a cambio de aparcar sus barcos y sus aviones en nuestro territorio. 

    Ya ven que los tiempos han cambiado y nuestras condiciones sociales y económicas también (incluso hasta hemos conseguido que empeoren) pero los españoles seguimos enrocados en esa manera de repartir las horas del día que no tiene razón de ser y que procura más sinsabores que buenos ratos, sobre todo en las grandes ciudades, donde tantos padres y madres ven a sus hijos cinco minutos al día y donde tantos jefecillos siguen pensando que el que más trabaja es el que más horas calienta la silla en la oficina. No me parece que sea una montaña inexpugnable, esto de cambiar los horarios, aunque por la cantidad de años que llevamos hablando de ello sin llegar a ninguna parte puede que sí. Que el tiempo es oro, y probablemente el bien más preciado que poseemos, es algo que nos vamos dando cuenta a medida que nos hacemos mayores; y que el tiempo de los demás tiene tanto valor como el nuestro, debería ser el undécimo mandamiento. Quienes no nos dejan aprovecharlo para nuestro beneficio e insisten en que todos nos vayamos al huerto habiendo tenido la sensación de que la vida se nos ha acortado por no poder aprovecharla, merecen pasar varios años en la cárcel, pero además, escuchando los grandes éxitos de "Los del Río" por megafonía doce horas al día, y las otras doce rezando el rosario y recitando todas las rimas de Becquer...ya ven que se puede castigar con crueldad sin infringir los Derechos Humanos!

lunes, 19 de enero de 2015

El odio

    En las varias décadas de vida que acumulo, he oído todo tipo de expresiones y proverbios que contienen el odio como concepto: "del amor al odio sólo hay un paso", "que me odien con tal de que me teman", "sólo se odia lo que una vez se ha amado"...Esta última me parece especialmente desacertada, pero las otras tampoco le andan a la zaga; No sé si lo que voy a contarles me hace víctima de mi educación cristiana, pero a mí me enseñaron desde las monjas de mi colegio hasta el último de los vídeos de autoayuda de Youtube que es más sano y reconfortante amar que odiar, y mucho menos estresante; y así procuro yo andar por la vida, amando todo lo que puedo y odiando muy poquito. 

    Porque mis odios los tengo, no se crean, incluso dos o tres bastante agudizados. Odio los bichos de plumas (especialmente las avestruces) los racistas primarios (aquellos que aún piensan que existen razas dentro del género humano) y la música "New Age", que en realidad está hecha para sacarte de quicio en la sala de espera de cualquier dentista en vez de lo contrario. Hay otras cosas que también odio en menor medida, como los callos, los programas de Tele5, los conductores borrachos, el invierno, el Pequeño Nicolás, las gominolas o los perros en los restaurantes y paro de contar, porque en el fondo, en esta lista secundaria hay muchas cosas que simplemente no me gustan sin llegar al odio visceral. 

    En cuanto a las tres inquinas principales arriba enumeradas, aunque son profundas y vienen de lejos, no se me ha ocurrido aplicar ciertas medidas radicales para acabar con ellas. Nunca he arrojado ácido sulfúrico sobre los discos de New Age que han pasado por mis manos; no he elaborado ningún manifiesto para la eliminación de las avestruces de nuestro planeta (y eso que, sinceramente, no creo que nos perdiéramos nada) y ni siquiera he pedido la cadena perpetua para ciertos elementos humanos que ellos sí piensan constantemente en eliminar a los que no son de su color. Así que, por todo ello concluyo que puedo controlar mis odios, racionalizarlos y limitarme a no visitar gallineros, granjas de pollos ni zoológicos para aves en libertad; cuando voy a la peluquería o al dentista me llevo mi iPod para no oir el hilo musical y no voto ni presto oídos jamás a ninguna proclama racista, venga de donde venga. 

    Creo que en este siglo XXI de la locura, la humanidad se divide entre una mayoría que hace lo mismo que yo y una minoría que ha hecho del odio un estilo de vida. En este segundo grupo se encuentran y se saludan por los pasillos los políticos xenófobos, los radicales religiosos (de todas las religiones) los maltratadores de mujeres, los homófobos y los Hooligans del fútbol. Sus vidas son miserables porque están gobernadas por el odio, que es un sentimiento dañino, que produce fatiga, insomnio, amargura y posiblemente hasta estreñimiento, por mucho que algunos se empeñen en que con tales prácticas llegarán al paraíso. Son pocos, pero muy tóxicos, y conviene alejarse de ellos. Si además dejáramos de consultar sus páginas web, de darles cancha en los noticieros y de interesarnos por su siembra de violencia y recogida de muertos, otro gallo les cantaría. Y si de paso, elaboráramos unas leyes más eficaces que cayesen sobre ellos ya vivan en Badajoz o en Oslo, mejor que mejor. 

    Mientras tanto, como higiene de vida, hay que apartarse del odio y de las personas que odian tanto como respiran; porque del amor al odio no hay un paso, sino un buen puñado de kilómetros que muchos de nosotros no tenemos ninguna gana de recorrer. Y si me permiten la referencia histórica, que ya saben que me gusta, una frase de Gandhi, que consiguió tirar abajo un imperio sin agarrar un fusil, aunque motivos tenía y de paso se quedó en los huesos: "no dejes que muera el sol sin que hayan muerto tus rencores". Pues ya saben...a ponerlo en práctica!